Reseña. «La cruz de San Andrés» de Camilo José Cela

Lacruzdesanandres

Matilde Verdú, la protagonista, la cronista, la narradora de La cruz de San Andrés, plasma su escritura sobre en un rollo de papel higiénico, no siempre este de su agrado, hay clases, clases de papel, algunos en los que es un placer escribir, como en La Condesita, otros más arduos, donde la tinta no corre igual, como en La Delicadeza Alemana.

Matilde nos cuenta su desafortunada crucifixión junto a su marido, y habla, y escribe, y nos cuenta la vida de sus amigos, compañeros, conocidos, de las relaciones personales, conflictos sociales, noviazgos, amoríos, engaños. El sexo es uno de los temas más representativos, el sexo y la decadencia. El derrumbamiento de las vidas, de sus vidas, la caída, el cambio o cambios que les llevan a perder la dignidad que creían inalterable.

Camilo José Cela, a través de Matilde Verdú, nos introduce en la Galicia profunda, la de las calles, la de los barrios. Utiliza frases cortas, con pocos puntos y muchas comas. Nos aloja en un ambiente maltrecho, vicioso y sarcástico, donde los hombres pegan a sus mujeres, estas se casan sin estar enamoradas, se separan, abandonan, se pierden las custodias de los niños a los que no se les hace caso… se vuelven locas. Donde la infelicidad es el pan de cada día. Amen, diría Matilde, amen, aquí no se salvan ni los curas, ni los falsos predicadores seguidores de disfrazadas religiones como el Maestro Ínfimo de la Comunidad del Amanecer de Cristo.

 Personajes, muchos personajes, con nombres conseguidos, gallegos, típicos, y sus respectivos motes: Diego (Pichi), Vicenta (Mary Carmen), Marta (Matty), Claudia (Betty Boop), Paco (Fran), Rebeca (Becky). Y los personajes, la mayoría de ellos, mantienen una estrecha relación, unos con otros, y otros con unos; un grupo de amigas, ya en la vejez, comparten amante joven; una desengañada casada disfruta de triste sexo bajo un desconocido camionero. Y todo ello entre explicaciones detalladas de lugares, bares, calles, esquinas, tiendas; con aparente información banal que nos introduce en la historia, en la época, en el ambiente.

Entre declaraciones surgen preguntas cómicas, con enmascarada necesidad de ser, de existir, que le dan un toque de humor, le confieren la armonía, incluso el ritmo que desea darle el autor:

—Si un hombre sólo tiene una muerte y los cobardes se mueren muchas veces antes de morirse, ¿le deberemos siempre a Dios una muerte, como dice el inglés?  

—¿Qué inglés?

—Eso es lo de menos, ingleses hay muchos, usted responda a la pregunta…

El desconocido inglés vuelve a aparecer por el texto con el mismo cometido para no volverse a saber más de él.

            Se introducen comentarios, o técnicas, para mantener la atención del lector, a través de palabras o frases singulares escupidas bajo sospechosa naturalidad.

Insisto en decirle a usted, lector estúpido, que las mujeres vulgares tenemos historia…

            La novela, compuesta de 237 páginas, ganó el premio Planeta en el año 1994, no sin polémica: según Carmen Formoso, escritora, Camilo José Cela plagió La cruz de San Andrés de una novela suya, a la que ella tituló Carmen, Carmela, Carmiña. De momento no se ha demostrado tal acusación.

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